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Personas así de grandes

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  Dejó la bicicleta ahí, atada al poste de una señal de tráfico. A dos metros de la terraza donde trabaja, vestida de negro entero como la otra camarera del bar. La bicicleta    se ve desde fuera y desde dentro, porque las cristaleras son grandes, y la esquina es amplia. Ella se bajó y cruzó la cadena de seguridad con la agilidad de quien acostumbra esa rutina, y casi sin terminar de erguirse ya estaba dando los buenos días a Lolita, una señora mayor que desayunaba sola en la mesa más próxima. Los buenos días y un beso en la frente. La terraza está llena de señoras mayores, y si el visitante no lo percibe al llegar, se va a enterar enseguida, porque hay que pedir el desayuno en la barra y ahí no rige la ley. Dos abuelas se cuelan en lo que tarda en girarse la joven que prepara el café; una con un billete de 50 euros en la mano y otra con el suyo de 20 euros. Como tardan en ser atendidas se disculpan por haberse saltado la fila, como si fuesen distraídas a pagar cuando en ...