Personas así de grandes

 


Dejó la bicicleta ahí, atada al poste de una señal de tráfico. A dos metros de la terraza donde trabaja, vestida de negro entero como la otra camarera del bar. La bicicleta  se ve desde fuera y desde dentro, porque las cristaleras son grandes, y la esquina es amplia. Ella se bajó y cruzó la cadena de seguridad con la agilidad de quien acostumbra esa rutina, y casi sin terminar de erguirse ya estaba dando los buenos días a Lolita, una señora mayor que desayunaba sola en la mesa más próxima. Los buenos días y un beso en la frente.


La terraza está llena de señoras mayores, y si el visitante no lo percibe al llegar, se va a enterar enseguida, porque hay que pedir el desayuno en la barra y ahí no rige la ley. Dos abuelas se cuelan en lo que tarda en girarse la joven que prepara el café; una con un billete de 50 euros en la mano y otra con el suyo de 20 euros. Como tardan en ser atendidas se disculpan por haberse saltado la fila, como si fuesen distraídas a pagar cuando en realidad iban a por su consumición como todos. Son viejas conocidas; las camareras las llaman por su nombre, y no necesitan pedir nada. Les sirven a ambas la misma ración de cada día, y un ayudante servicial se ofrece a llevarle las tazas hasta la mesa, como si fueran de la familia. Una de ellas deja en propina todas las monedas que le sobran, y sólo recoge la vuelta en billetes que suman 35 euros. Por si fuera poco, se enreda al entregarle a la joven una servilleta en la que envuelve algo que no explica por rubor. La chica repasa preocupada  la cola creciente, y percibe una mirada común de paciencia que le sirve para serenarse. "Doña Juana, no tenia que molestarse", le dice; el papel envuelve la calderilla de días anteriores, y la abuela aplica una complicidad que parece más osadía que generosidad. "Para el bote", le contesta; y así es como en un solo cliente, los camareros se alegran de recibir dos golpes de fortuna. Fiesta detrás de la barra.


Y mientras, la joven de la bicicleta recién atada se pasa por entre las mesas de la terraza dando besos a todas las señoras que desayunan solas, preguntándole a cada cual por sus cosas y escuchándolas como si no tuviesen a nadie más para contarle sus vidas. En las Facultades de Trabajo Social deberían conceder algún máster, algún título propio a estas muchachas que hacen felices a los demás sin protocolo. Esta currante por ejemplo  inunda la plaza desparramando ganas de vivir sin haberse secado el sudor de subir la cuesta a pedales, y no cobra por ello. El sueldo de camarera en este local de barrio, que está lleno a las 7 de la mañana, antes de que se ponga en marcha la ciudad, no paga estas humildes alegrías. Y su gesto lo respiran todos los presentes; un día más con el viento a favor porque todos parecen mejores cuando la joven termina la ronda, y aun no ha empezado a trabajar. Después se faja el delantal, y se sumerge en la cocina antes de empezar a disparar pinchos de serrano con tomate, tostadas con mantequilla y cafés con leche a destajo.


Personas así de grandes debió conocer Antonio Machado cuando dedicó aquellos versos a esas "buenas gentes que viven, laboran y sueñan", porque esto sigue pasando en Sevilla, unas pocas calles más abajo del limonero que alumbró la infancia del poeta, en una esquina del Palacio de  Dueñas. Hoy queda en el portal un evocador bajorrelieve, una placa que alimenta aquellos recuerdos, y una pequeña estatua donde las vecinas se sientan a charlar aprovechando la fresca. Es lunes, muy temprano, la primera mañana después de unas elecciones generales tan reñidas que nadie se atreve a proclamarse vencedor, y tres mujeres se entretienen haciendo repaso a sus recados aprovechando la sombra que da la pared. Mientras, en el mural, el poeta contempla la escena sin quitarse el sombrero. Acostumbrado a escucharlas de toda la vida.

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