Lo que esa madre no sabe


“Mamá, este barco me encanta”. Tiene unos diez años, y el desparpajo natural de los hermanos mayores. A su lado  el menor, que puede tener unos seis, secunda el criterio de su líder: “y a mí también, mamá”, certifica mientras se hace con una bandeja en la fila del comedor. Llevamos 26 horas navegando y es la primera vez que me fijo en ellos, porque son dos niños de esos que no arman jaleo en los lugares comunes. Que dialogan con sus padres sin gritar, que hacen preguntas pertinentes, las mismas que se hacen otros primerizos de 61 años pero no las van aireando por pudor. Están descubriendo el mundo y van pisando sin miedos, hablan con los cocineros preguntando de qué están hechas las natillas, qué diferencia tienen con el mus si los dos son de chocolate, y cosas así. 


Desinhibidos, el más pequeño se atreve a pedir un plato de potaje de judías, y la madre que observa la maniobra se limita a indicarle al camarero hasta dónde debe llenar la taza para que no sobre. En el trajín se le olvida la cuchara, y se sabe que es canaria por la dulzura con la que agradece el gesto al otro canario que le acerca el cubierto por detrás. “Gracias mi niño”, le dice a ese anciano con el pelo blanco que perfectamente podría ser su padre. 


Los chiquillos se mueven como gacelas entre la multitud, porque en diez minutos la cola del comedor se convierte en un masa doble que serpentea entre las mesas hasta entrar en el abrevadero por el que se pasa en estricta formación unitaria, de modo que al final del recorrido la bandeja ya está servida y la cajera pasa al cobro las bebidas, que no son gratis salvo el café con leche y el zumo en el desayuno. Mientras los padres ajustan cuentas con la cajera, los hermanos van y vienen sin tropezar con nadie, sin levantar la voz pero avisándose, jugando a parecer responsables de ese modo en el que seguramente será para toda la vida si nada se les tuerce, que dios los guarde siempre.


Lo que esa madre no sabe es que el vecino que le acerca la cuchara es también un debutante a bordo, alegre como un niño con zapatos nuevos, que nunca había estado antes más de seis horas en un barco en mares sin tierra a la vista, que cruza esta ruta por primera vez. Y que, básicamente, está de acuerdo con el guallete porque el viaje está siendo placentero. Porque la mar serena allana todos las dificultades, el camino se hace más ligero si el viento colabora soplando suave de popa, y el espacio en el interior de la nave está distribuido de forma que solo molestan los que no saben hacer otra cosa. Moverse con rumbo fijo sobre un inmenso espacio azul, marino y celeste el horizonte, deslindando sueños y aventuras. Este es el placer tantas veces descrito, origen de abundante literatura. 


La comodidad del camarote seguramente ayuda a que nadie estorbe. Es un refugio perfecto; tiene todo lo necesario para sobrevivir con dignidad, y sin ser grandes, están equipados con los detalles que dejan satisfecho a cualquier usuario. Hay hoteles peores, para entendernos.


Son 30 horas de singladura las que separan los dos puertos, en un buque propulsado con gas eco-friendly. Es sabido que lo más profundo del mar no es su suelo, sino la noche, según todos los relatos conocidos. Pero una cosa es leerlo y otra cosa es vivirlo, aunque sea una sola vez en la vida. Cuando cruza el cielo a solas la Vía Láctea, todo se hace pequeño. El pasado, el momento, lo que quiera que venga por delante. El alma se expande y se encoge en un solo impulso, no sé si se entiende.


No todas las experiencias son agradables; la narración de quienes huyen mar adentro es bien distinta, y aunque nadie sepa dar una cifra precisa, estas aguas llevan la cuenta de las víctimas que desaparecen sin rastro cada año. Que sea bonito no quiere decir que sea fácil. No es lo mismo sumergirte para escapar de males mayores que abordar los desafíos del destino. El mismo mar, distintos sufrimientos. Pero hay niños a bordo, y entonces la ruta se ilumina.


Y así se va acercando el fin de la travesía, con un sol de verano que disfrutan como lagartos los pasajeros tendidos en la cubierta, bronceando pieles sin costes añadidos. Ensayando posturas de  los turistas que serán apenas pisen tierra firme. Pero el viaje no acaba aquí; la vida sigue su camino. A dónde irán las flores.

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