El bar de las pequeñas esperanzas
Todo sucede por primera vez. En los puertos, esto es así todos los días; es un movimiento permanente donde nada ocurre igual que la vez anterior. A las 05.15 del jueves 6 de julio de 2023, llegar por primera vez a la zona donde embarca el pasaje con destino a Huelva, en el centro de la zona portuaria de la capital grancanaria (por supuesto en obras), ya supone una primera prueba de serenidad al viajero despistado. La encargada de ordenar las filas de coches en la zona de tránsito despacha energía y simpatía a la par, avisando a los más inquietos de que mejor se vayan a desayunar a un bar cercano, porque la cosa va para largo por mucho que el barco esté ya en la boca del muelle (no atracará antes de las 06.00 por no pagar horas extra a los amarradores, que aun están llegando). Y conviene caminar antes de echar más de 30 horas en los 185 metros de eslora del Marie Curie, el barco de esta aventura.
El bar cercano está a 300 metros cruzando la avenida, destartalada por las zanjas de las obras. Es el Chencho’s Bar, un garito con todos los ingredientes que exigen los curtidos lobos de mar. Puerta con cortinilla de flecos, mesas en el exterior con terraza y sombrillas, toldos rojos a juego con el color de la fachada remarcada por una tira de bombillos de esos que alguien se olvidó de retirar hace nueve o diez navidades. Y un camarero inalterable detrás de la barra que gasta una broma a la cuadrilla del fondo a la vez que prepara un café largo y encarga un sandwich mixto a la cocina en el otro extremo, porque es temprano y aun no ha llegado el pan para bocadillos. Por resumir; en un solo movimiento ha despachado las tres dimensiones de la barra; izquierda, centro y derecha. Gobiernos así hacen falta en cualquier país, y no esos que gastan los días paseando por las televisiones.
En esta primera hora el tiempo transcurre a marea baja, con motoristas que paran, entran y ya tienen su buchito preparado. Un joven llega mostrando cupones de la suerte sin entrar en faena; remonta el bar como si fuera a tirar un penalti, haciendo la paradiña previa a marcar el gol de cada día, y no tiene que hacerse notar, va cargando las baterías poco a poco. Lo estaban esperando, y por eso su presencia no sorprende a nadie. Es uno de los fijos, ese tipo de gente que a primera hora necesita un lugar donde alimentar pequeñas esperanzas. Porque aquí, aunque estamos en tierra de nadie, todo el mundo se conoce y comparte los códigos marítimos. Atar cabos, fijar anclas; ese es el plan que madruga en estos bares de los muelles. Después siempre es muy tarde.
Al devolver la taza y los platos del desayuno ya consumido a la barra, el viajero novato le deja el recado a Chencho : “Este asunto ya está resuelto”, y él mueve un músculo, un solo músculo, en señal de agradecimiento mientras sigue la conversación con un paisano que lo entretiene frente a la cafetera. El músculo que le permite picar el ojo derecho azul como la marea y estirar la sonrisa de los labios lo suficiente para resultar sincera. Todo en un solo movimiento. Está claro que para él, el día va a ser largo y desde la primera hora está dosificando energías. Máxima eficacia con el mínimo esfuerzo. Así los quiere Dios.

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